“No se pueden tener miles de casas vacías cuando hay miles de familias en la calle”, Ada Colau

Alicia Gómez Montano y Ada Colau. Foto: Rosa Blanco

Alicia Gómez Montano y Ada Colau. Foto: Rosa Blanco

La conversación entre Alicia Gómez Montano y Ada Colau pone fin a los coloquios del IV Encuentro de Mujeres que transforman el Mundo hablando sobre un tema, desgraciadamente, muy de actualidad en nuestro país: los desahucios.

La portavoz de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) habla con claridad y es tajante en sus argumentos. Su intervención empieza denunciando que los poderes públicos han incumplido el artículo 47 de la Constitución, el cual establece: “Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación. La comunidad participará en las plusvalías que genere la acción urbanística de los entes públicos”.

Explica que en España “la vivienda, en vez de tratarse como un derecho, se ha tratado como una mercancía al servicio de los poderosos”. Señala que quienes hoy culpabilizan a los compradores fueron ayer quienes les engañaron incitándoles a comprar una casa, convenciéndoles de que era la inversión más segura: “¿Cómo iba a desconfiar la ciudadanía de los poderes públicos si se supone que son ellos los que velan por los ciudadanos?”, se pregunta. “Se culpabiliza a las víctimas para esconder al verdadero culpable”, sentencia indignada mirando hacia los bancos y los poderes públicos.

Ada Colau define la situación de la vivienda en España como una estafa. Asegura que son cómplices y rehenes de ella los poderes públicos, quienes han fomentando la cultura de la adquisición “interesados en construir una sociedad de propietarios, caracterizada por ser conservadora e individualista que, preocupada por mantener lo suyo, es más manejable”. Pero la portavoz de la PAH también hace autocrítica: “Nos cuelan un gol cuando nos hacen creer que el pequeño propietario es igual que el grande”, afirma.

Alicia Gómez Montano y Ada Colau. Foto: Rosa Blanco

Alicia Gómez Montano y Ada Colau. Foto: Rosa Blanco

Colau sentencia que “cuando se vulnera el derecho a la vivienda se están vulnerando otros derechos esenciales, como el derecho a crear una familia o el derecho a la vida privada”. Explica que la PAH es una organización ciudadana desde la que trabajan para cambiar las leyes injustas “defendiendo nuestros derechos”, por eso proponen que las viviendas de los bancos puedan usarse para realojos y ofrecerse con alquileres sociales. Colau manifiesta que “no se pueden tener miles de casas vacías cuando hay miles de familias en la calle. En España parece que se está normalizando la barbarie, y eso no lo podemos consentir”. Incluso alude a motivos económicos: “¿Cómo se sale de la crisis si tenemos a tanta gente viviendo en la calle?”

Como portavoz de la PAH critica cómo se utilizó el escrache para criminalizarles, señalando a algunos políticos y medios de comunicación. Cree que si no hubieran sido criminalizados por este tipo de manifestación, que algunos consideraron violenta, “se hubieran inventado otra cosa”. Para ella es violencia “ver cómo sacan a las familias de sus casas con la ayuda de policías, pagados por los impuestos de todos, y  que parecen trabajar al servicio de los bancos, como si fueran su seguridad privada”. Bajo su punto de vista “lo mínimo, es que podamos incomodar un poco a sus Señorías, persiguiéndoles con unos carteles y unas pegatinas en el pecho”.

Ada Colau explica que desde la PAH se han contenido y canalizado muchos sentimientos agresivos y pesimistas, redirigiéndolos en favor de la lucha por los derechos ciudadanos, “no podemos permitirnos el lujo de deprimirnos, entonces no veremos las alternativas y perderemos las fuerzas de luchar”, apela con rotundidad. Reconoce que desde la organización ha visto cómo muchos hombres se han quedado fuera de juego con la caída del sistema capitalista y patriarcal que predominaba hasta ahora, “son las mujeres quienes han cogido las riendas de la lucha para mantener su hogar, por sus hijos”. Pero sobre todo, Ada Colau recalca la fuerza de la unión ciudadana en referencia al más de millón y medio de firmas que permitió, hace ya un año, que la PAH presentara en el Congreso de los Diputados una Iniciativa Legislativa Popular: “Hace cinco años la dación en pago era imposible”, hoy ya es presente. La PAH, que acaba de cumplir su quinto aniversario, ha logrado, asimismo, detener casi mil desahucios,  ha conseguido miles de alquileres sociales, ha recuperado 15 edificios de bancos y ha realojado en ellos a más de 800 personas.

“Me gustaría que la Iglesia alzara la voz tan fuerte frente a las injusticias sociales como lo hace con los temas sexuales”, Sor Lucía Caram

Elsa Gonzalez y Sor Lucía Caram. Foto: Rosa Blanco

Elsa Gonzalez y Sor Lucía Caram. Foto: Rosa Blanco

Elsa González presenta a Sor Lucía Caram como “una monja 2.0 que no para, tanto en las redes sociales como en el terreno, dedicada a trabajar para hacer y construir un mundo mejor”. De su discurso se desprende que esta definición la describe a la perfección, Sor Lucía es una monja cuyas ideas distan mucho de lo que estamos acostumbrados a escuchar desde el seno de la Iglesia.

Esta dominica argentina afincada en Manresa cuenta que empieza y termina el día leyendo y reposando el Evangelio, pero asegura que el resto del tiempo mira al cielo sin dejar de mirar a la Tierra. Cree que no es la religión la que está en crisis, sino la institución, “esa que se ha dedicado a controlar lo incontrolable, a dogmatizar, convirtiendo a la religión en una ideología y alejándola de la gente que tiene un corazón inquieto”, afirma. No duda en denunciar que “en la Iglesia hay mucho príncipe, mucha corte y mucho bandido”, y no teme posibles represalias por sus declaraciones asegurando que del Evangelio nunca la podrán echar.

Confiesa que la elección del Papa Francisco le hizo recuperar la esperanza sobre la institución eclesiástica y asegura que el Sumo Pontífice “está humanizando lo que habíamos deshumanizado: el Papa seduce al mundo porque es normal”. Además celebra los cambios que desde su nombramiento se están realizando y asevera que “se está recuperando lo perdido, la alegría del Evangelio, salir al encuentro de las personas, dialogar con la humanidad“. Sor Lucía muestra este cambio de rumbo con un ejemplo muy gráfico: “Mientras el Papa señala la falta de trabajo de los jóvenes y el hambre como los principales problemas de la Iglesia, la mayoría de los obispos señalan la falta de vocación”. Para ella “evangelizar es ser capaces de ponerse en la piel del otro, llorar por él y dejar de dogmatizar. El pastor tiene que oler a oveja”, sentencia.

Elsa Gonzalez y Sor Lucía Caram. Foto: Rosa Blanco

Elsa Gonzalez y Sor Lucía Caram. Foto: Rosa Blanco

La conversación da un giro y mira ahora hacia la frontera de Ceuta y Melilla y a los miles de personas que quieren cruzarla. Sor Lucía defiende durante la charla que la solución no es poner vallas ni criminalizar al inmigrante, “cuyo único delito es haber nacido en la miseria”, recalca. Cree que para resolver los problemas humanitarios lo que hace falta son verdaderas políticas sociales e insta a trabajar y a ayudar en los países de origen. Aunque no obvia la responsabilidad general y hace una llamada de atención afirmando que “todos explotamos para poder mantener nuestro nivel de vida”. Recuerda que no hace falta mirar fuera para hablar de pobreza y denuncia que estamos creando nuevas exclusiones sociales si no somos capaces de sumar a todos: “El pan es para todos, hay que compartirlo”, destaca.

Amante del fútbol y ferviente seguidora del Barça, Sor Lucía se muestra consternada con las cifras que se mueven en ese mundo: “Me parecen pornográficos los sueldos de ciertos futbolistas. Es escandaloso, es una bofetada a la gente. Se ha corrompido el deporte, es inmoral“.

Como no podía ser de otra manera, el aborto es uno de los temas candentes del coloquio. La monja se sitúa sin dudar “siempre a favor de la vida”, pero afirma que nunca condenará a una mujer por haber abortado. Es más, asegura que la apoyará y la acompañará a tomar la decisión que ella misma elija. “Me gustaría que la Iglesia alzara la voz tan fuerte frente a las injusticias sociales como lo hace con los temas sexuales”, critica haciendo también referencia a la homosexualidad, tema sobre el que manifiesta su opinión parafraseando al Papa Francisco: “¿Quién soy yo para juzgar?”

Su último libro se titula Mi claustro es el mundo, y esto lo reflejan bien sus palabras. Como mente inquieta que es, dice sentirse indignada con la situación que actual y para cambiarlo “tenemos que vivir y servir”. Como usuaria activa en las redes sociales anima a llenarlas de mensajes positivos, afirmando que lo importante no es estar presente en ellas, sino tener algo que comunicar. “Quienes tienen el corazón podrido lanzan  en ellas mensajes llenos de porquería, pero los inquietos las usamos para despertar conciencias”, afirma. Y es que para esta monja 2.0 “el mundo tiene futuro porque tiene un presente escrito con caracteres de amor, bondad y ternura”, asegura .

“¿Qué daño hemos hecho por ser mujeres?”, Manjula Pradeep

Manjula Pradeep y Rosa Maria Calaf . Foto : Rosa Blanco

Manjula Pradeep y Rosa Maria Calaf. Foto: Rosa Blanco

Hay un refrán en India que dice que invertir en una niña es como regar el jardín del vecino. Así de contundente comienza Rosa María Calaf la conversación que va a mantener con Manjula Pradeep. Esta abogada y activista pertenece a los dalit, a los intocables, la casta más baja de la sociedad india, aunque asegura que “en India hay algo peor que ser dalit, ser mujer dalit.

La violencia sexual es una de las atrocidades que sufren las mujeres en India donde se producen, al menos, 25.000 violaciones al año y donde el 70% de las mujeres ha sufrido algún tipo de ataque sexual, incluso perpetrado por sus propios maridos. Ella misma reconoce ser una superviviente de la violencia sexual cuando tan solo tenía cuatro años. La presión mediática y ciudadana surgida en los últimos años tras algunos casos de violación ha llevado a modificar algunas leyes y también a la celebración de juicios rápidos para juzgar estos delitos. “Para mí la justicia va más allá de la condena, la justicia se basa en que la mujer que ha sufrido pueda vivir con dignidad”, reivindica. Pero Manjula lamenta que, a pesar de todo, la mentalidad no haya cambiado y que las violaciones sigan estando a la orden del día, también las colectivas. Cree que este tipo de violencia responde a una reacción masculina ante un movimiento social femenino, hacia el cambio que empujan las mujeres formadas que reniegan de la sumisión, reclaman sus derechos y alzan la voz en contra de las vejaciones. Manjula explica que los opresores piensan que así podrán aplacarlas. 

Rosa Maria Calaf y Manjula Pradeep. Foto: Rosa Blanco

Rosa Maria Calaf y Manjula Pradeep. Foto: Rosa Blanco

Otra de las barbaridades a las que se ven sometidas las mujeres en India son los abortos selectivos, los llamados feticidios. Manjula denuncia que cuando una mujer se queda embarazada “nadie se preocupa de su estado de salud, lo primero que se hace es llevarla a una clínica para conocer el sexo del bebé. Se quiere que el primer hijo sea varón y se presiona a la mujer para que sea así, pero eso no está en nuestras manos”. Cree que si hubiera existido antes la tecnología que hay ahora, ella no hubiera nacido. Rosa María Calaf recuerda horrorizada una valla publicitaria que vio en uno de sus viajes a India en donde se ofrecían abortos selectivos a cambio de ahorrarse la dote en un futuro, ante lo que Manjula Pradeep confirma lo que parece evidente: “El aborto en India es un negocio”. Paradójicamente, en 1994 se prohibió el aborto selectivo, pero, tras veinte años de vigencia la ley no se aplica: “Es una práctica muy arraigada en la sociedad, muchos médicos están convencidos de que están ayudando a las mujeres”, explica Manjula.

Igualmente la dote está prohibida por ley, pero también se practica constantemente. Lo que surgió como una garantía para la mujer, llevándose una serie de bienes propios a la hora de casarse, ha acabado convirtiéndose en una compraventa en beneficio del marido. Una brutalidad más en contra de las mujeres, quienes se ven humilladas y vejadas por este intercambio material. Un maltrato que, en ocasiones, llega a ser físico y a acabar con su propia vida si su familia no entrega a la del marido los bienes previamente acordados. “Las muertes por dote no se ven como delitos porque no hay testigos, no hay denuncias, así que nunca se juzgan”, lamenta Manjula Pradeep. Muchas veces son las propias suegras quienes llevan a cabo estos ataques guiadas por los valores patriarcales con los que han crecido, en donde existe una jerarquía entre suegra y nuera. Aunque “son las presiones de los hombres quienes las obligan, son las voces de su marido y de su hijo (el marido de la víctima) quien las hace actuar”, asegura mientras se pregunta sin esperar respuesta: “¿Qué daño hemos hecho por ser mujeres?”

Manjula afirma decepcionada que desde las instituciones internacionales las violaciones de derechos que se sufren en su país se ven como un problema interno cuando no lo son, por eso ella pide ayuda “para romper con la desigualdad de género y de castas”. Reclama un compromiso global que enseñe a su pueblo que nadie ha de tener más derechos que nadie y que demuestre que invertir en una niña no es regar el jardín del vecino, sino el de uno mismo.

“No nací con libertad, tuve que arrebatarla. La adquirí con educación”, Eufrosina Cruz

Eufrosina Cruz y Mayte Pascual. Foto: Rosa Blanco

Eufrosina Cruz y Mayte Pascual. Foto: Rosa Blanco

La periodista Mayte Pascual presenta a Eufrosina Cruz como “la mujer que en un mundo de hombres se ha convertido en la voz de la rebelión”, refiriéndose a su lucha en favor de los derechos de la comunidad indígena en general y de las mujeres  indígenas en particular. Eufrosina comienza su intervención dando las gracias por haber sido invitada al Encuentro en su lengua materna, el zapoteco; su voz suena suave pero firme. El público no duda en agradecer con un aplauso su esfuerzo e interés por estar aquí tras haber llegado desde México a las seis de la mañana y regresar esta misma noche. Y es que el deber manda, el lunes le toca defender en el Congreso la propuesta que reivindica a los indígenas como personas sujetos de derechos.

Eufrosina explica que en México ser mujer y ser indígena es doble delito. Huyó de su destino como mujer con once años saliendo de su aldea con la ayuda de un maestro y gracias a una beca. Caminó durante más de doce horas para coger un autobús que la llevaría a su destino, a un entorno en donde la gente la miraba raro, empezando así “la otra discriminación, la de ser indígena. “No entienden que nosotros no decidimos nacer donde nacemos, en la montaña, no entienden que también tenemos derecho a estudiar“, reivindica dolida pero con calma. “Cuando empecé a estudiar no comprendía que la Constitución dijera que todos éramos iguales si no era verdad”, añade. Defiende que las mujeres, aún más las indígenas, tienen que arrebatar lo que se merecen, expresión que repite y recalca durante su intervención. “Fue mi educación la que pudo pagar el primer colchón que tuvieron mis padres, ese con el que dejaron de dormir en el suelo”, destaca, “la educación que tuve que arrebatar fue la que sacó la pobreza de mi casa”, recuerda.

Eufrosina Cruz y Mayte Pascual. Foto: Rosa Blanco

Eufrosina Cruz y Mayte Pascual. Foto: Rosa Blanco

Eufrosina es una excepción en su comunidad, a los once años las niñas indígenas ya son consideradas mujeres, ya saben llevar la casa, “preparar la tortilla y coger el leño es lo que harán el resto de su vida, esa que les han robado”, sentencia. A los trece años serán entregadas para casarse y empezar a ser madres, como le ocurrió a su hermana, quien a los treinta y un años y con nueve hijos decidió poner fin a su fertilidad a escondidas. Eufrosina Cruz aclara que no va en contra de las costumbres de su comunidad, “defiendo mi lengua, mi vestimenta, mi fiesta, pero no aquello que va en contra de los derechos humanos, en contra de la mujer”. Se define rebelde desde pequeña y reconoce que “te llaman la loca cuando vas en contra de lo establecido. Levantas conciencia y eso no gusta”, afirma. También quiere dejar claro que no va en contra de los hombres, pues “no quiero ir detrás de mi esposo, quiero ir a su lado”, sentencia con seguridad.

Cruz se presentó a alcaldesa de su pueblo por el impulso y apoyo de sus vecinos más jóvenes, quienes la convencieron a pesar de que ella no podría votar en los comicios. Ganó pero tiraron sus votos a la basura y, dice que fue entonces, cuando se dio cuenta realmente de la verdadera situación en la que vivían las mujeres de su pueblo. Como consecuencia de su valentía sufrió dos atentados y llevó escolta durante dos años mientras que a sus padres les retiraron toda ayuda social. Se planteó dejar la política cuando vio sufrir precisamente a sus padres, cuando sus hermanos también la cuestionaban su amor hacia ellos, “pero ver los rostros de las mujeres de mi pueblo pidiéndome que no me rajara no tiene precio” confiesa. “Ahora es mi padre el que me dice: ‘Apúrate, que las señoras te están esperando’”, cuenta orgullosa.

Eufrosina está convencida de que si no hubiera entrado en la mesa política “podrían pasar otros cien años sin cambiar nada”, a lo que añade: “No responsabilizo de los usos y costumbres a los señores y señoras de mi comunidad porque ellos no saben leer ni escribir, nacen y mueren en la ignorancia. La responsabilidad es de quien sí está educado“. Cruz sabe bien qué se ha conseguido con su lucha y todo lo que aún queda por conseguir, pero también sabe cómo lo ha logrado. “No nací con libertad, tuve que arrebatarla. La adquirí con educación”, sentencia con voz suave pero contundente.

“Una sociedad educada no es fácil de manipular”, Magodonga Mahlangu

Mara Torres, Jenni Williams y Magadonda Mahlangu. Foto: Juan Martin

Mara Torres, Jenni Williams y Magodonga Mahlangu. Foto: Rosa Blanco

Las mujeres que conversan hoy con Mara Torres, Jenni Williams y Magodonga Mahlangu, se conocieron en la iglesia, el único lugar en donde podían reunirse las mujeres en ZimbaueJenni Williams lleva unida al activismo desde el año 1994, cuando empezó a defender a los granjeros con los que trabajaba de la expropiación de sus tierras. Magodonga Mahlangu empezó su lucha casi diez años más tarde, en 2003, pero desde entonces sus voces se han alzado al unísono en pro de los Derechos Humano de su pueblo y de las mujeres zimbauenses. Jenni Williams fundó WOZA (Women of Zimbabwe Arise) en el año 2003 empujada por el mismo sentimiento que en 1994 le hizo activista, un sentimiento de responsabilidad hacia su pueblo, pero también hacia sus hijos, y declara que no quiere verse en la tesitura de tener que explicarles “por qué ha dejado que Zimbaue se derrumbe”. Cuando Magodonga Mahlangu gestionaba el club de atletismo que ella misma fundó, no entendía por qué las mujeres no podían participar en él de una forma sencilla. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no quería ser partícipe de esas injusticias y se unió al activismo para acabar con ellas. Casualmente WOZA nació en San Valentín, ese día un grupo de valientes mujeres zimbauenses, con una rosa roja entre las manos, eligió luchar con el amor y no con el odio.

Las activistas definen a Mugabe, presidente de su país, como un estratega que maquilla un régimen autoritario bajo unas elecciones que manipula a través de la violencia y la extorsión, usando el hambre como arma política. “En las noches previas a las elecciones, en las zonas rurales se entrega mucha comida y se informa de que al día siguiente se controlará el voto”, denuncia Jenni: “Y ya se sabe, si votas a la oposición no recibirás más ayuda, lo que lleva a la gente a pensar: ‘Qué es más importante: mi voto democrático o mi vida, la de mi familia’”, explica Williams. A pesar de estas denuncias, Jenni y Magodonga quieren dejar claro que desde WOZA no luchan contra Mugabe, sino contra un sistema dictatorial. Cuentan que desde la organización explican a las mujeres que no son personas de segunda clase, como les han hecho creer hasta ahora, que son ciudadanas con derechos, devolviéndoles así el poder a su mente, a sus corazones.

Jenni Williams y Magadonda Mahlangu. Foto: Juan Martín

Jenni Williams y Magadonga Mahlangu. Foto: Juan Martín

En un país donde la educación es privada y, en muchas ocasiones, además de pagar la cuota periódica estipulada hay que retribuir a diario al profesor porque su bajo salario no recompensa el trabajo que realiza, una de las principales reivindicaciones de WOZA es conseguir una educación primaria gratuita. “Mugabe es profesor y sabe que una sociedad educada no es fácil de manipular, por eso trabaja la discriminación”, manifiesta Magodonga.

Tras más de diez años de lucha por los derechos de los zimbauenses, destacan los importantes pasos de WOZA en este tiempo pero también conocen el peligro que corren sus vidas tras haber sido detenidas más de treinta veces. Saben que cuentan con el apoyo de organizaciones occidentales que velan por ellas y son quienes tramitan sus liberaciones cuando las arrestan, como es el caso de Amnistía Internacional. Se sonríen al contar que más de una vez las han detenido y cuando los policías se han enterado de que pertenecen a WOZA las han liberado porque algunos agentes no las quieren en sus comisarías para evitar la presión que ejercen este tipo de organizaciones sobre sus opresores cuando las tienen arrestadas. “Eso es bueno, significa que se nos conoce”, manifiestan con cierto humor.

Jenni Williams y Magodonga Mahlangu son muy conscientes de lo diferentes que son sus vidas respecto a quienes hoy las escuchan, y aprovechan para hacer una llamada de atención al público que ha venido a conocerlas. “La semana que viene a mí me pueden matar mientras tú estarás en el trabajo o mientras buscas uno”, explica Jenni exponiendo su realidad, pero va más allá: “En el mundo occidental no disfrutáis de vuestros derechos porque es como si os los hubieran regalado. Tenéis que ayudarnos a conseguir los nuestros, pero  también tenéis que luchar por el respeto de los vuestros, por mantener los que ya tenéis”. Un toque de atención que insta a reflexionar sobre nuestro sentimiento de la responsabilidad. Un toque de atención que invita a actuar sin demora.

“El peor enemigo de mi pueblo es el silencio”, Malalai Joya

Malalai Joya y Pilar Requena

Malalai Joya y Pilar Requena

Cuesta creer que la mujer que se sienta junto a Pilar Requena en el escenario haya sufrido siete intentos de asesinato y haya sido amenazada con ser violada por exponer sus ideas en el Parlamento de su país. Parece mentira que esta mujer haya crecido en un campo de refugiados y se haya visto abocada a vivir en la clandestinidad por defender los derechos de las mujeres de Afganistán y del pueblo afgano en su conjunto.

Considerada por muchos como la mujer más valiente de Afganistán, Malalai Joya no parece guardar rencor detrás de sus grandes ojos. Cuando habla sus palabras suenan pausadas pero seguras. Reconoce la suerte que tuvo al crecer en el seno de una familia que siempre creyó en los derechos humanos, especialmente su padre, a quien considera el impulsor de su activismo. También agradece la influencia que en ella ejercieron los profesores que tuvo de niña quienes, asegura, le abrieron los ojos mostrándole la historia de su país y dándole a conocer a otras heroínas afganas.

Malalai sabe bien cuán importante es la educación para impulsar el cambio. Ella misma se inició en el activismo participando en la organización de escuelas clandestinas, en donde incluso ha impartido clase a su madre. “La educación es la esperanza”, afirma con rotundidad. Esa educación que se niega a las niñas y que ve cómo son falseados sus índices de escolaridad, datos al servicio de la propaganda de un gobierno que ella califica de marioneta. Se refiere al gobierno impuesto desde EE.UU tras la invasión de sus tropas y que está liderado por los señores musulmanes, “esos con los que decían que llegaría la democracia pero que poco se diferencian de los talibanes”, denuncia. “Nosotros no queremos una invasión militar, queremos una invasión de escuelas”, alega.

Para Malalai, la OTAN traicionó a la democracia con su ocupación y, asegura, que en Afganistán se instauró así un caricatura de esta, por lo que propone que las elecciones pasen a llamarse selecciones, “porque al próximo presidente también lo va a poner la Casa Blanca”. No duda en relacionar imperialismo con fundamentalismo, afirmando que se unen y hacen las mismas barbaries. Tampoco titubea al hablar de la ONU, de quien destaca su actitud pasiva y sobre cuyas políticas no tiene ninguna esperanza. Defiende una retirada inmediata de las tropas extranjeras y cree fervientemente en el poder de su pueblo, “sólo la nación se puede liberar a sí misma, sólo nosotros podemos cambiar”, asegura, “los afganos estamos empezando a cambiar, pero los señores de la guerra no nos dejan”. Añade que existe un movimiento político poco conocido de puertas afuera, “la resistencia de las personas corrientes es la esperanza, son héroes secretos, los medios no informan de sus acciones”, quizá no interese, reflexiona.

“Los señores de la guerra se visten de trajes enmascarados de democracia e infectan y corrompen las instituciones”, explica. Como la justicia, esa que absuelve a quienes violan, cuelgan o dan palizas a base de latigazos a las mujeres hasta llevarlas a la muerte o al suicidio. Para una afgana no debe de ser fácil reconocer que en su país “matar a una mujer es más fácil que matar a un pájaro”. Pero Malalai no quiere olvidarse de los hombres activistas, de sus compañeros, a quienes agradece y engrandece su labor y valentía ya que ellos no pueden esconderse detrás de esa especie de protección en la que, en muchas ocasiones, se convierte el burka.

Aunque no le gusta hablar de su vida privada, Malalai Joya confiesa que no es fácil vivir en la clandestinidad y que, a pesar de la protección que tiene, no se siente segura. Tras su expulsión del parlamento afgano, sus enemigos pensaban que su voz se acallaría, pero todo lo contrario, su voz llega más lejos y se siente muy apoyada. Es consciente del peligro que corre, de que quieren acabar con ella, pero lo tiene muy claro: “el peor enemigo de mi pueblo es el silencio”. Afirma que no tiene miedo a la muerte, “si algun día me callo, será el día que me maten”.

La serenidad con la que habla Malalay Joya contrasta con la barbarie que asola su tierra, esa barbarie con la que convive y contra la que lucha. Aunque tímida en las distancias cortas, su fortaleza y seguridad se palpan en sus palabras, en sus ideas. Cuando termina el turno de preguntas se levanta de la silla para terminar su intervención citando a otro gran activista de los derechos humanos, Martin Luther King: “Nuestras vidas empiezan a terminar el día que guardamos silencio sobre las cosas que importan”.

Los aplausos de reconocimiento del público dicen que tampoco quieren silencio.

Exposición fotográfica: la mujer africana

Soutura, la manera de estar en el mundo para la mujer africana                                  
Del 14 de marzo al 13 de abril, sala Ex.Presa 2. Gratuito
De viernes 14 a domingo 16: de 11 a 14h, y de 17.30 a 21h. 
Lunes 17: de 11 a 14h y de 18 a 21h.
Desde el 18 de marzo:
Martes a viernes de 18 a 21h.
Sábados y domingos de 12 a 14h., y de 18 a 21h.
Lunes, descanso
Soutura, exposición fotográfica sobre la mujer africana

Soutura, exposición fotográfica sobre la mujer africana

Soutoura es una exposición compuesta por 28 fotografías de mujeres africanas en su vida cotidiana que trata de cambiar la imagen de la mujer africana, tradicionalmente asociada a la tragedia y la miseria, para mostrar su cara más positiva y real, viviendo con lo mejor posible con lo poco que tienen. Un proyecto del premiado fotógrafo grancanario Ángel Luis Aldai, por encargo de la Casa de África, que revela los rostros de decenas de mujeres de todas las edades realizadas en Mali, Níger, Ghana y Costa de Marfil en un periplo de seis meses que el artista realizó en 2008. Una experiencia que, según Aldai, le ha cambiado la vida, pues “se aprende a valorar lo que tenemos y uno se da cuenta de que no hacen falta tantas cosas para vivir”.

Soutura, exposición fotográfica sobre la mujer africana

Soutura, exposición fotográfica sobre la mujer africana

Las coloridas instantáneas de la muestra, comisariada por Catherine Coleman, comisaria independiente y Conservador Jefe de Fotografía del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, reflejan a todo tipo de mujeres, de todas las edades y de muchos ámbitos sociales, desde estudiantes de la Universidad deGhana hasta campesinas. Según Coleman, los retratos de las mujeres africanas de Aldai se presentan en la corriente de apertura del concepto de belleza a cánones no eurocentristas y muestran esa belleza, tanto estética como interior, en los rostros y actitudes de mujeres anónimas.

El título de la exposición hace referencia a una cita de la intelectual y activista maliense Aminata Traorè en su libro La violación del imaginario. Soutoura es “el nombre de la mujer”, una palabra que remite al conocimiento, al saber hacer, a la estima que genera saber desempeñar el papel de uno en su sociedad. Soutoura es también el respeto a uno mismo, las exigencias que hay que cumplir si se quiere obtener el respeto de los demás. Soutoura es la manera de estar en el mundo para la mujer en África.